
Por Gerardo Navarro, Nemónico, 2009
Jorgito nunca le había preguntado a su madre por qué los mayores hablaban del Metro Calafia, como un parteaguas entre la Tijuana de antes y después. Para él, el metro era segunda naturaleza, siempre había estado ahí. Su madre, según le confesó que gracias al metro, llegó al hospital casi a punto de parirlo. El día de su nacimiento había huelga de taxis y el boulevard estaba atascado por un incidente terrorista suscitado esa misma madrugada; un joven estrelló un gran troque remolque cargado de explosivos caseros, contra la gasera. Hubo explosiones, pero el mayor daño fue el piso que se derrumbó y provocó la muerte inesperada de gente rumbo al trabajo.
A principios del siglo XX, según dicen los pocos viejos sobrevivientes, obras públicas del municipio de Tijuana, había vaciado el concreto de las autopistas aledañas a la gasera, sobre un suelo falso. Aquel era un año de elecciones y no se tomaron el tiempo necesario para realizar los estudios topográficos, siendo esta área de la ciudad parte del cauce arenoso del desaparecido Río Tijuana. Dos generaciones después de aquel incidente explosivo, los intereses y la deuda de la inmensa obra urbana aun se seguía pagando, y cada aniversario los los muertos se seguían nombrando.
-Amá, y mi papá, ¿dónde estaba cuando nací?
-Estaba trabajando en San Diego, no pudo regresar porque la línea estaba cerrada.
-¿Por qué, amá?
-Es que unos señores habían intentado introducirse al otro lado, sin papeles…
-Amá, pero eso no es tan difícil, el papá de Margarita, lo hizo.
-Si, pero estos señores iban manejando troques llenos de gente y se dejaron ir de frente.
-Y ¿qué les pasó?
-Pues… hubo muchos heridos y cerraron la frontera por varios días…
-¿Ya vamos a llegar?
-Creo que faltan seis estaciones.
Elena y Jorgito siguieron conversando, mientras el metro Tecate/Tijuana, se acercaba a la intersección Tijuana/Rosarito. Elena sobrevivía en aquel valle polvoso, habiendo aprendido de uno de sus amantes de juventud, un anarquista canadiense, a sembrar su jardín de composta que protegía a pesar de que la inmobiliaria se obstinaba en encementar todo rasgo de tierra visible; supuestamente para acabar con las polvaredas generadas por los rebajes a los cerros del valle. El agua era escasa, pero Elena se las ingeniaba para filtrar y reciclarla en casa. Armando, su esposo, trabajaba en San Diego donde se conocieron. Él era constructor de toda su vida y su gran hazaña había sido rescatar de una demolición, unas placas solares que cruzó declarándolas “material desechable”, para montarlas sobre el techo de su casa Orbe. Desde entonces, la familia Arréchiga, se había desconectado parcialmente de la Comisión Federal de Electricidad y gracias al sistema doméstico de reciclaje de agua, habían podido sobrevivir la suspensión de servicios por parte de las desarrolladoras, que igualmente les restringían visitas, recolección de basura y seguridad, a quien no pagara sus cuotas, una situación común intensificada por la crisis del 2056.
El Metro Calafia cruzaba la ciudad de Tijuana este-oeste y entraba por lado sur del Cerro Colorado, para entroncarse a la vieja vía del tren a la altura de la vía rápida oriente, después de cruzar el panteón jardín y seguir paralelamente a la canalización del Río Tijuana, hasta llegar a la línea fronteriza. De Tecate a San Ysidro se hacían 45 minutos. En el crucero de el Corredor Tijuana 2000 y de la vía De los Insurgentes, antes de entrar a Tijuana, al sur-este del Cerro Colorado; una línea del metro partía hacia Rosarito/Ensenada, con otros 45 minutos de duración al puerto.
-Amá, ¡Ya estamos llegando, que rápido!
-Antes la gente tardaba horas y el tráfico era insoportable.
-Mi maestro nos dijo, que la gente se volvía loca y que algunas veces en los semáforos se bajaban del carro y comenzaban a disparar contra todos, ¿por qué la gente se vuelve loca, amá?
-Era un tiempo muy pesado, hijo, yo estaba muy chica, y entonces había demasiada gente y muy poco trabajo en la ciudad. Se tenían que tomar taxis, camiones, y si lograbas comprarte un carro, mala suerte, porque el gobierno comenzó a cobrar mucho dinero por las placas, las tarjetas de circulación y no se diga por las licencias.
-Pero ¿por qué no construían un metro?
-Buena pregunta, hijo… Había muchos intereses de por medio… gente que no quería dejar de hacer dinero y prefería que la ciudad continuara insoportable, por eso nos fuimos a Canadá con tu abuelito.
-Má, no entiendo, dime ¿cómo es que siendo tan fácisl de hacer algo bueno, no se hace?
-Mmmm, si… es difícil explicarte el por qué… pero la gente se vuelve así.
-¿Mala?
Elena guardó silencio, sabía que si respondía no sabría explicarle lo recóndito y torcido de la naturaleza humana a su hijo y si lo hacía, una cascada de preguntas vendría detrás. Cómo explicarle a Jorgito, que las instituciones se habían convertido en negocios prácticamente privados del gobernante en turno y que la fallida guerra contra el narcotráfico, tan sólo había logrado imponer un estado de sitio nacional que duró más de dos décadas. Elena comenzó a recordar lo difícil que había sido para su madre, lideraza de una de las organizaciones de colonias que durante tres sexenios cabildearon con partidos de centro, izquierda y derecha, ante el riesgo de catástrofe urbana presentada por una ciudad que crecía una colonia al día desde hacía más de medio siglo. Finalmente, bajo presión de Estados Unidos se declaró a Tijuana “zona de peligro internacional” y con una fuerte inversión de NAFTA, el gobierno federal aprobó el mega-proyecto poli-municipal 2044: Metro Calafia.
-Amá, ya falta una estación.
-¿Cómo lo sabes? No vi los anuncios…
-Si pongo mi celular sobre la ventana, aparecen los nombres de las cosas en la pantalla del teléfono. Mira, ¿ves?
-Ah, eso se llama… “realidad aumentada”, ¿verdad?
-Si. Mira, si pongo el teléfono en dirección que aquel cerro, dice: “Cerro Colorado. Nombre original: Ticuan. Significado: Tortuga. Hace 130 millones de años, en la era mesozoica, el Cerro Colorado estaba bajo el Mar Bermejo…”, ¿Te puedes imaginar la ciudad, bajo el mar, amá?
-Es un poquito difícil, hijo, pero tu padre me contó que cuando él era de tu edad, su papá lo llevó a la cima del cerro y que al escarbar un poco el suelo, se podían sacar pedacitos de conchitas marinas. Tu abuelito, le dijo a tu padre que este valle era un desierto submarino…
-Yo quiero subir al cerro colorado, amá, quiero ver las conchas.
Elena y Jorgito llegaron a la central del metro ubicada a la altura del crucero de la 5 y 10, y la antigua Central Camionera. Las puertas se deslizaron con la precisión tecnológica japonesa hecha en China, comprada en Estados Unidos y armada en México. Ambos se habían puesto su crema solar anti-cáncer, sus obligatorios tapabocas antibacteriales y unas cuantas gotas ópticas contra la irritación de la lluvia ácida. Dentro de la estación, compraron un ramo de flores híbridas, genéticamente alteradas para resistir la inclemencia del alterado clima del desierto. Floralux era el nombre de este producto bioflourescente y lo había en pétalos multicolor y tornasol. Bajaron los andamios con las flores en las manos, cruzaron por un túnel hasta salir a la superficie. Eran las diez de la mañana, las nubes grises opacaban el sol, comenzó una de las lluvias ácidas. Pidieron direcciones para llegar al monumento a las víctimas de la explosión del 2058. Siguieron las direcciones hasta llegar a un jardín de piedra volcánica extraída del fondo del océano Pacífico, según declaraba la placa a la entrada.
-Hace tiempo que no vengo por aquí… Como ha cambiado desde la última vez que estuve.
-¿Hace cuanto tiempo?
-Cuando tú naciste…hace trece años.
-Pero, si hoy es mi cumpleaños.
-Felicidades, esperaba darte una sorpresa… Hijo, te ves muy guapo.
-¿Con tapabocas?
-Tu padre nos va a recoger en la frontera al mediodía, para irnos a celebrar tu cumpleaños con tus primos de los Ángeles.
Se abrazaron, se vieron a los ojos y siguieron caminando en silencio. El único color en aquel paisaje de roca, eran las titilantes Floralux. Se introdujeron descendiendo en un inmenso espacio que parecía un cráter marciano rodeado de un jardín de cactus. El eco de sus pasos se perdió entre los poros de la roca volcánica y entre la gente congregada. Muchas miradas, algunas perdidas en la oración, otras en los recuerdos. Algunas tristes y otras llenas de curiosidad por conocer quien más se congregaba en aquel lugar, en aquel día tan especial. Elena depositó las flores en una cisterna de bronce ubicada bajo el gigante monolito con forma de cuarzo, que llevaba inscrito los nombres de las víctimas de la explosión. Hacía trece años que su hermano mayor había muerto; era el joven que en signo de protesta, condujo el gran troque remolque que se estrelló e hizo explotar la gasera, pero nadie sabía de su parentesco, ni Jorgito.
-¿A qué hemos venido, amá?
-Quiero dejar flores a un amigo que murió en el accidente…
Una voz profunda, femenina, fuerte y popular se escuchó retumbar por el jardín: “Nos hemos reunido aquí para recordar, no sólo a nuestros muertos, sino para no olvidar que regresar al origen, no significa retroceder a lo que no funciona por olvido y negligencia…”
Así comenzó aquel ritual de la memoria, consagrando una Floralux por cada una de las víctimas con la lectura de sus nombres. Aquel sacrificio no había sido infértil. Las presiones políticas sacaron la gasera fuera de la ciudad, y el sector de la Mesa tuvo por primera vez un parque central construido alrededor del jardín de cactus y roca volcánica, el cráter que originalmente dejó la explosión del 2058. Media hora después, el ritual había concluido y los congregados se fueron dispersando. La lluvia ácida se convertió en un calor seco cuyo viento quemó los pétalos de la ofrenda. Elena y Jorgito, regresaron al andamio del metro Calafia y esperaron el siguiente tren con dirección a la línea fronteriza, eran las 11:15 de la mañana del 11 de septiembre del 2071.

