“NO HAY NADA NUEVO BAJO EL SOL”, punto final de conservadores y ortodoxos


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“No hay nada nuevo bajo el sol”, cuando escucho esta frase, no importa la circunstancia, es porque alguien se ha quedado sin argumentos y quiere cerrar o ganar la discusión, debate, o conversación. Es la frase típica de los conservadores y ortodoxos, de los que buscan ponerle vendas a los ojos de la inteligencia, de los que quieren minimizar un argumento, propuesta, o idea, de los que por alguna razón se siente atacados, criticados, y buscan disuadir y diluir la crítica o la dialéctica. En el siglo XXI, esta frase se vuelve obsoleta ante la realidad que nos envuelve, puesto que uno solo tiene que navegar unas horas por el Internet y descubrir el caudal de inventos, creaciones, descubrimientos que jamás en la historia de la humanidad han existido, no solo se han agregado 4 nuevos elementos a la Tabla Periódica, han “desaparecido” planetas (Plutón) y se han descubierto nuevos en el sistema solar; podemos agregar la biotecnología, la capacidad de alterar y crear nuevas especies; la nanotecnología, la capacidad de generar máquinas que manipulan la materia desde la dimensión molecular; las comunicaciones inalámbricas, la cultura de masas, la globalización, las redes sociales, Internet, Second Life, la realidad virtual, la inteligencia artificial, el cambio climático, el hoyo en la capa de ozono, la extinción masiva de las especies y de los recursos del planeta, etc., etc., son tantas cosas nuevas bajo el sol, que nuestro mundo se ha vuelto “irreconocible” y atenta por definición contra las viejas creencias, estructuras, dogmas, paradigmas, y da la sensación de miedo a quienes se sienten acechados por su transformaciones, es decir, los que no se prepararon para vivir la modernidad en su inmediatez, velocidad, vértigo, y multiplicidad, y optaron por la tradición, por repetir lo conocido y trillado, por buscar estabilidad en un mundo que desde finales del siglo XIX ya se perfilaba “nihilista”, y prefirieron la nostalgia de la dictadura de un orden centralizado, jerárquico, patriarcal y/o matriarcal; los que se sienten aterrados por “el cambio del cambio mismo”, —el cáncer del progreso—, y no tienen otra respuesta más que regresar a la cueva del dogma y la ortodoxia, a la cerrazón tradicional premoderna, ante ese límite auto impuesto, producto de una ideología subyaciente que pretende reorganizar la inevitable fragmentación de los grandes discursos, narrativas, verdades, y creencias, —en vez de proponer algo distinto—. Por ello, los reaccionarios sienten desde lo más profundo de su psique emerger como último recurso o “punto final”, la frase con la que buscan tapar el sol: “Nihil novum sub sole” (No hay nada nuevo bajo el sol).

CRASH TIJUANENSE


NOVELA

Nihilismo automovilístico, la cultura que se ha creado en las afueras de Tijuana, en la zona de la Presa, donde semanalmente se reunen cientos con sus vehículos todo terreno para enfrentarse a choques como en el video juego Next Car Game, pareciera que la ficción inspirara a la realidad, ya que J.G. Ballard escribió en los 70s el libro “Crash”, que en los 90s fue llevado a la pantalla grande por el director David Cronenberg, James Spader fue el protagonista. A diferencia de la novela y la película, el “show la presa tijuana”, es un ambiente popular que se asemeja más a un norteño Mad Max-BeamNG (video juego), que a la élite perversa y subterránea de Ballard. Lo que si puedo asegurar es que Ballard ha sido terriblemente profético en identificar las causas de este comportamiento en una de las pocas teorías de Freud que siguen vigentes en el siglo XXI, —el malestar de la civilización—, la represión de las pulsaciones instintivas que se vuelven explosivas y afloran en prácticas culturales violentas, bizarras, y algunas veces retorcidas y catastróficas. Al ver los videos que el público asistente a los “choques en la presa” sube a las redes sociales, uno se pregunta cómo puede ser la gente tan bruta para lanzarce por el dique de un arroyo enlodado en colisión con otro vehículo y destruir su auto (con esta economía), y si, algunos con hijos y pareja abordo, pareciera que esta gente considera una “diversión familiar” el choque, el tener un experiencia “extrema tribal”. En los videos subidos a Youtube, uno puede ver accidentes “live”, por ejemplo: un par de chicas en un cuatrimoto que se estrellan con un carro estacionado y dan maromas por el aire, jóvenes sangrandose frente a la cámara mientras “machos mex” pretenden dar órdenes para llamar la ambulancia, y los mirones no pueden llamar porque están “grabando pal feisbuk…” No obstante, en un mundo incrustado en la virtualidad y las simulaciones, la violencia es más excitante por real, y pareciera que el cógito de la pusmodernidad y la insensibilidad es: “choco, por lo tanto existo”.

LA ANORMALIDAD DE LO NORMAL


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Nos han hecho creer que estamos enfermos solo porque no podemos encajar en los cánones de la “normalidad”, porque no andamos persiguiendo el éxito o el sueño americano como quien persigue el arco iris. Pero la realidad que nos muestra la vida, es ver a nuestros contemporáneos y compañeros de generación, envejecer detrás de todas esas imágenes y pantallas sociales. Los vemos padecer las consecuencias de todo eso que sacrificaron por el “éxito”, los vemos desilusionados, guardando el secreto, pretendiendo que ha sido un “camino de rosas”, habiendo olvidado su alimentación, el mantenimiento de su cuerpo, el ejercicio diario, y siendo prisioneros de todo eso que construyeron a su alrededor, se colapsan como yonkes humanos, eso si, son “famosos”, “ricos”, “conocidos”. No menos terrible es la libertad, esa herejía que en otro tiempos terminó en la hoguera, ahora conduce al aislamiento e incomprensión, no es lo que muchos creyeron y su peso y gravedad va más allá del sentimiento gregario y masificado que homogeniza la vida global, ¿”Cómo puede ser que no quieras ser feliz?”, “¿Libertad, sin éxito?”. El quid del dilema es el vacío ante la vida, la incomprensión de nuestro tiempo, de que los hechos íntimos, los “pequeños placeres” son más satisfactorios que los grandes deseos, que los ideales son tan ilusorios como los espejismos del desierto, particularmente los que se asocian a “patria”, “amor”, “dios”, “dinero”, “felicidad”, pero hay algunos que vale la pena mantener vivos, el problema es discernir cuáles, si, ¿cuáles son esas ilusiones que en el mismo aire nos hacen vivir sin matarnos? Tal vez, la única salida es el camino de la desilusión, somos creadores de mitos y víctimas de nuestras propias ilusiones, tal vez el vivir sin espejismos es lo más sano, aceptando el misterio irresoluble de nuestra intimidad psicológica, es decir, entre más nos conocemos, más extraños nos parecemos (¿menos o más “normales”?), o tal vez, es el aceptar que sin conocernos jamás seremos dueños de nosotros mismos. De todos esos deseos, ideales, estereotipos, arquetipos, emociones, sentimientos, ideas, sueños, y aspiraciones, ¿quién realmente somos? Hay una gran diferencia entre “entendernos”, “conocernos”, y “aceptarnos”, ¿cuál es la ilusión? ¿cuál, la certeza? ¿cuál, lo auténtico? ¿cuál, lo normal? ¿cuál, lo absurdo? La incertidumbre, la ansiedad, y la angustia, todo eso de lo que nuestro mundo huye, en realidad es la esencia de la vida, lo que nos da consistencia como seres, lo que realmente somos como una respuesta a ello, si, todo eso que en la nueva religión de la felicidad, el éxito, y la seguridad, representa al “mal”, y que paradójicamente el supuesto “bien” ha terminado con la implosión masificada del ser, —el psicoanálisis en reversa, el retorno a la inconsciencia, la ceguera como ideal—, en ese vacío emocional, falto de autoconocimiento y compromiso social, que se vive como “normalidad”, es una herejía el no desear lo que todos desean.

MUNDO CÁMARA


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Hay tantas cámaras por todas partes, con humanos portándolas o sin ellos, que el tabú ha perdido su significado y pudor, tantas cámaras que no hay subterráneo donde se puede producir una “vanguardia”, todo ha sido visto por tantas cámaras que los actores son cada vez menos y las acciones se limitan a ser espectador, fotógrafo, voyeur, narciso del selfie, atleta digital que maneja magistralmente las modalidades de las cámaras, ahora teléfonos. Hay tantas cámaras que hemos comenzado a vivir adentro de cámaras habitacionales con altares de pantallas planas HD y divinidades desechables que nos miran desde el cielo volando en forma de drones. Cámaras por todos los rincones, bajo la piel, el útero, en la garganta, grabando silenciosamente, fotografiando la fotografía a colores de la fotografía blanco y negro de la fotografía infraroja, térmica, timelapse, “ojo de pescado”, omnimax. Cámaras ad nausea, no todas “lúcidas”, la gran mayoría “oscuras”, espejos del sinsentido y banalidad con efectos especiales, ¿por qué nos obsesionamos por dejar testamento photoshop de nuestra existencia, como si por ello nos fuéramos a “inmortalizar” con un click? ¿qué tipo de arte es este? ¿”efímero-eterno”? ¿”trascendentalista”? ¿banalismo digital posdramático? “¡Mátame de una foto, pero ya!” Hay tantas cámaras que hemos creado un doble de nuestra vida, —editado—, de nuestro mundo, —alterado por la vista cinematic—, un doble que solo existe como proyección y transmisión, un doble atrapado en murallas de pantallas del que solo somos testigos, viéndonos viendo viéndonos ad infinitum en una segunda vida en el más allá de la deep web, al otro lado de la pantalla, cruzando husos horarios, litorales, cordilleras, hasta donde pueda llevar la cámara, nuestra imagen se disuelve en el océano digital, click, ¡flash! —En el imperio de las imágenes, escribo por lo tanto existo (¡cámara!).

LA VELOCIDAD DE NUESTRO TIEMPO


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Pasan guerras, pasan muertes, pasan catástrofes, pasan victorias, pasan noticias, pasan chismes, pasan contagios, pasan virus, pasan shocks, pasan modas, pasan tendencias, sorpresas, pasan, y pasan, y pasan tantas cosas con un solo hilo conductor: su vertiginoso paso al pasado, al olvido, y al inconsciente colectivo. Nunca antes había durado el presente tan poco, y el futuro cada vez se parece más al ahora, es como la publicidad que coloniza las fechas del calendario, adelantando su aproximación cada vez más tiempo. Son tantas las cosas que pasan, las innovaciones que aparecen, los descubrimientos que se vislumbran, y lo bizarro y tabú que se revela, que ahora el futuro pareciera haber perdido su misterio. El mañana se siente reducido a ser una copia exacta del ahora, un loop sampleado de otros tiempos, tal vez por falta de ilusión y esperanza, se magnifica ese efecto producido por la sobredósis informática, o tal vez por el exceso de comunicación, tecnología, y la saturación resultante de la omnipresencia conectiva, es decir, los ingenieros de la globalización se han apoderado del tiempo cíclico, y como todo lo que en él se contiene se repite, adelantan y prediseñan acontecimiento ganándole terreno al azar y a lo inesperado, por ello, tal vez, sentimos nostalgia de otros futuros, y vivimos los recuerdos de otros mañanas. El tiempo ya no es lo que antes era, los tiempos se han fragmentado, acelerado, relentizado, compactado en esa frenética carrera por devorarnos la experiencia de cada instante, el querer estar en todas partes, testigos de todo en la pantalla, esa nueva adicción a la novedad que se ha vuelto mortífera en su más execrable condición, nos hemos vuelto caníbales de la actualidad.

EXISTENCIA POSHUMANA


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Otro día, otra ataque terrorista olvidado, otro escándalo nacional que pasa, otro gasolinazo, otra devaluación, otro plan de inicio, otra ansiedad por exceso de peso, otra cuesta de enero, otro vacío existencial, otro exceso, otro regreso a la rutina, otra espera de la “normalidad”, otra vez la paciencia a que regresen los actores del juego, otro amanecr, otra vez los minutos y las horas pasan y pasan como las ventanas de un metro en jauría… Algunos intelectuales dicen que las redes sociales son una “trampa”, pero no es exactamente así, es una adicción, y como toda adicción tienen algo que nos llena algo que nos falta, y en ese afán por el deleite y la autosatisfacción, la tecnología social nos va cambiando, porque no es ella la que se adapta a la forma humana, al contrario, somos nosotros los que nos moldeamos a las máquinas y a sus virtualidades, y en el acto vamos evolucionando en coexistencia. Esta nueva dirección evolutiva, el adaptarnos a nuestras herramientas, no es nada nuevo, la “humanidad” es un producto cultural-tecnológico, no obstante, nuestras herramientas nunca antes habían dominado nuestras vidas al grado de que esta civilización “posmoderna”, “global”, “posapocalíptica”, existe inmersa en una simulación 24/7-inside/out, y las consecuencia de ello apenas comienzan a perfilarse, no solo en el horizonte social, sino en nuestra psicología y biología, entre ellas podemos apuntar al subdesarrollo de la subjetividad de las nuevas generaciones; su falta de habilidades sociales es solo la punta del iceberg, pocos comprenden lo que esto significa, pero todos lo intuimos, si, es esa vacuidad, esa falta de interioridad, esa ausencia de vida autorreflexiva, ese zapping e incoherencia intelectual, esa obesidad y estupidez en una existencia vomitada al tráfico mediático, esa paradoja emergente al exceso de información que nos revela la impotencia del incidir en el mundo real, si, muchos datos, mucho saber, todos actualizados a la ultra modernidad del instante, pero con muy poca incidencia y consecuencia en la historia. Nuestra máquinas facilitan, acortan, potencializan, pero apenas comenzamos a identificar la debacle que implica el ser organismos cibernéticos, enchufados a la red sistémica que interactúa entra lo biológico y lo tecnológico, esa nueva existencia que nos ha tocado vivir, y cuyos malestares apenas identificamos, porque nuestros cerebros ávidos a las actualizaciones, las descargas, y los shocks, han dejado de poner atención, ya somos “hiperactivos” y el “déficit de atención” es la resaca de nuestra adicción tecnológica. El paso cada vez más acelerado de los eventos sociales y globales de forma tan irreflexiva e inconsecuente, es la demostración de que nuestra humanidad ha dejado de ser “humanista”, y nos adentramos en la era poshumana, —la mutación psicosocial—. La aceleración del tiempo psicológico es eso que nos hace sentir que apenas nos alcanzan 24 horas para vivir, y es producto de toda esta algarabía virtual haciendo eco en nuestro cerebro y en el locus social; la ciudad transformada en una instalación multimedia de control mental y comercio, nuestro cuerpo en un laboratorio de experimentación “Biotech”, la vida vuelta un performance acartonado de muchos individualismos clonados en el mimetismo, y cada vez menos individualidad producto de la autenticidad que nace del autoconocimiento. En el plano político, si creemos que la sociedad “no cambia” porque es “ignorante”, “cobarde”, “pobre”, “egoísta”, “floja”, tal vez es hora de considerar otras causas, algo más complejo y profundo, algo que no podemos ver porque está tejido en el grano de la percepción de nuestros sentidos, en la sinapsis de nuestras redes neurales, “algo” que nos manipula desde la irracionalidad de nuestros instintos, la nanoprogramación del neuromarketing, la colonización “silenciosa” del campo “oscuro” que los viejos psicoanalistas identificaron como el “subconsciente”, y que ya ha llegado aun más profundo, —al “inconsciente”—, a la programación biológica, a todo eso que es opaco a la consciencia del Yo en su estado de vigilia abocada al mundo de la superficialidad tecnológica, pero que representa la “puerta trasera” por donde podemos ser conducidos de manera invisible. Tal vez esta sea la tragedia de nuestro tiempo y como todo héroe trágico, no podemos distinguir la crisis hasta que ya es tarde, porque la confundimos con el ideal, —la ideología tecnológica—, la creencia de que la vida debe ser en simbiosis con las máquinas, que ni siquiera sabemos quién construye y para qué.

Ménage à trois a la mexicana: Chapo, Kate, Sean


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Se armó el mitote nacional, los medios regurgitan que si Sean Penn y Kate del Castillo “violaron la ley”, que si “los van a investigar”, que si “Kate es amante del Chapo”, y bla, bla, bla, pero la verdadera misdirección es, ¿Por qué el Estado mexicano se siente agredido? —muy sencillo, la entrevista demuestra la ineficiencia y/o la farsa que es la “guerra contra el narco”, y confirma de fondo lo que todos ya sabemos, —“el narcotráfico mexicano tiene como socio mayoritario a el Estado”—, y por ello se ha mostrado “ineficiente” en la tarea de encontrar a el Chapo (buscado mediáticamente hasta por las alcantarillas), y ahora resulta que un par de actores que ni siquiera son periodistas, dan con él como si nada, esto hace preguntar a la ciudadanía mexicana, norteamericana, e internacional, “¿Y con toda esa millonada de recursos para los ejércitos, con todo el súper equipo tecnológico de espionaje, y con toda la inteligencia internacional apoyando al ejército mexicano, por qué no lo han encontrado? (larga pausa, bostezo, nausea…) En realidad, desde la dimensión periodística, la “entrevista” de Sean Penn para Rolling Stones magazine, —es sumamente light—, faltaron las preguntas medulares y coyunturales, como, “¿Cómo le ha hecho todos estos años (de guerra contra el narco) para que sus operaciones sean tan eficientes y lucrativas?”, “¿Tiene contactos con el Estado?”, “¿Cuánto paga por la protección?”, “¿Cuál es el porcentaje que se llevan los servidores públicos?”, ¿Cómo se logra la distribución internacional?”, “¿Cuánto le costó salir del penal, la primera y segunda vez?”, etc., etc., etc… En conclusión, todo este reality show es otro episodio más de la debacle y colapso del Estado de Derecho mexicano. Sit tight, “everything is going to be all right”… el Peso se desploma, la gasolina sube, la cuesta de enero apenas comienza…

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