Entijuanarte: El Colectivo Nortec y su ritual Techno rosa


 

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En la feria/vendimia de fin de verano, llamada Entijuanarte (5ta edición), el diseño y la simulación fueron quienes ocuparon el nicho central. A partir de esta masificación cultural, parafraseando a Picasso podría decir “El arte es una mentira que nos permite decir…” más mentiras.


Lo que sería el platillo fuerte de la feria, el esperado concierto del Colectivo Nortec y la Orquesta de Baja California, resultó un encuentro que definitivamente fue un éxito de masas, pero los números de asistencia no son la manera adecuada de medir el éxito estético del experimento. Y a pesar de que el departamento de prensa de Entijuanarte, anuncia en video-reportaje que “Los temas tuvieron que repetir, una y otra vez…”, desde donde yo estaba, llegó el momento en que la música se volvió tan repetitiva, que apenas se alcanzaba a distinguir entre una y otra pieza.


Según la publicidad, Entijuanarte “se atreve a hacer algo sin precedentes: fusionar la música clásica con la electrónica”. Esta desinformación publicitaria es típica de “ciudades sin memoria” como Tijuana. Los experimentos entre música electrónica y clásica
son bastos, y para quien desee conocer una de las primera y más bellas fusiones, les recomiendo escuchar “Romeo & Julieta”, de Alec R. Constandinos de 1977, que sin limitarse al sonido robótico de Krafwerk, Cabaret Voltaire o Giorgio Moroder, logró la fusión contemporánea del secuenciador y el sintetizador analógico con la música clásica y textos de Shakespeare:

http://www.youtube.com/watch?v=cTVb2sDBT5c

http://www.discomusic.com/records-more/2874_0_2_0_C/


Lo que escuché la noche del domingo 4 de Octubre, fue un híbrido en el que el potencial de la orquesta se redujo a relleno, adorno de playback Techno; en el que el tono profético del Vocoder de Krafwerk, murió por abuso en Tijuana. A pesar de los arreglos de Núñez Palacio, “la pasión común” no fue suficiente para lograr la fusión de dos estilos tan diferentes. Fusión implica un diálogo entre géneros, una orquestación en la que cada instrumento se utiliza por su voz y no como aderezo a composiciones que originalmente son pegajosas, genéricamente repetitivas y de cortas líneas melódicas.

La overtura de la orquesta dio paso a “Tijuana makes me happy”, primera pieza del concierto, pero fue una sopa aguada, en la que la fuerza musical de la orquesta se ahogó antes de despegar. A mis espaldas, un chilango hablando por celular, le decía a su interlocutor “Bienvenido al ritual rosa…”, definitivamente, el infantilismo de las frases que aparecían en pantallas, me hacían pensar en la literatura light de los Novísimos neoconservadores de la UABC, que pretendieron evadir la realidad tijuanense con infantilismo al estilo descrito por D. H. Lawrence, “Nuestro orden de las cosas […] cuyo estilo es mi-querido-pequeño-cordero-Yo-quiero-ver-a mami.”

El concierto en general fue incapaz de transportarnos a espacios psicoacústicos fuera de la trivialidad fronteriza. Si, hubo ilusión, pero muy poca magia. Definitivamente no se comprende que lo que tienen que ofrecer los instrumentos electrónicos a diferencia de los acústicos, no es la imitación de los segundos por los primeros ni viceversa. En el cruce, en vez de humanizar el Techno para expandirlo musicalmente, se robotizó a la orquesta a imitar samplers y seguir el tempo enajenante del bombo 4/4, estéticamente impidiendo, salvo en escasos momentos, la liberación musical del oído.

Me pregunto si la composición abigarrada de esta facción del dividido Colectivo Nortec, es porque los programas de composición musical electrónica, ofrecen un infinito número de canales o porque el arreglista quiso igualarse a la composición cibernética, en vez de ofrecernos la liberación musical con un mayor grado de creatividad y apertura entre las notas y los instrumentos. Para darse una idea de lo innatural de la “fusión”, es cuestión de ver en video, los frenéticos movimientos corporales del director Iván Del Prado, que sudaba a “gota gorda” por llevar el tempo-Techno de 120-150 bpm. Paradójicamente, siendo música rítmica la de Nortec, la sección de percusión latina de la orquesta no resaltó; si no es por un acercamiento del video-reportaje en Youtube, ni siquiera se hubiera sabido que estuvo el maestro Peña, repiqueteando los bongos.

El Colectivo Nortec parece no comprender que sus composiciones originales al ser orquestadas para concierto, necesitan más que simples arreglos, si es que no quieren sonar como un cuadro de Picasso musicalizado. El Techno es un género musical tan cuadrado y repetitivo, que al mezclarse con la orquestación enajena el tiempo y el tempo, impidiendo el viaje implícito y dinámico de un buen concierto polifónico. Esta concepción musical impide abrirse a las tesituras de los instrumentos de cuerda y viento. Igualmente quedó evidente la poca atención a la voz, el abandono del virtuosismo y lírica de los solistas presentes.


Siendo la música, la expresión sublime por excelencia, se requiere una noción de que el concierto no es sólo una “autopista sónica”; sino un ritual que requiere de “narrativa musical”; cambio de tempo, de estilos, ritmos y hasta de géneros para realmente alcanzar la fusión prometida. Lo positivo de Nortec, es lo que ya se conoce desde hace diez años; los samplers de instrumentos de la música popular norteña. No obstante, después de una década, aferrarse a una identidad monocultural musical, suena tan cansado como el tema de los indocumentados en las artes visuales.


“Una noche para escuchar, sentir y ¡ver! la música.” El concepto visual de los videos acompañando las piezas musicales, salvo en algunos momentos resultó digna del nivel del antiguo Colectivo Nortec. Momentos hubo de animaciones retro al estilo de Yellow Submarine; nostalgia por el disco con Tijuana Sound Machine; ciencia ficción de juguete con narco-retratos hablados en vectores; low riders afresados, close ups de manos y acordeones, panorámicas de los cerros de Tijuana, pero nada actual, nada confrontativo o crítico. Las imágenes pasaron como el estampado de vallas que tapiza nuestra realidad urbana; como si la militarización, el secuestro y la tortura no existieran bajo esta simulación de “felicidad” que Entijuanarte vende a instituciones, corporaciones y gobiernos.


Después de ver el video-reportaje, que al parecer subió el propio departamento de relaciones públicas de Entijuanarte, por un momento pensé que este no era el mismo evento que yo presencié, puesto que los encuadres fotográficos y la edición crean una simulación muy diferente a como se vivió el concierto. Quedé aturdido por los metales, los ritmos mecánicos y la orquestación de pedacearía, y al parecer no fui el único, el público fuera del centro y frente del escenario, ni siquiera movía la cabeza y comenzó a abandonar el sitio después de que la orquesta se bajó del escenario. Hubiera sido mejor que todo fuera grabado y que se invirtiera en un verdadero espectáculo visual y performatico para cumplir cabalmente con otro de los slogans de la feria: “La innovación como motivación”.


Definitivamente hubo momentos gratos y acertados, pero la simbiosis entre el hombre y la máquina cruzó “la frontera del arte” de “panzazo” y en una Tijuana cada vez más deshumanizada resultó incómoda, puesto que lo único light que hoy tiene la ciudad, es la simulación clasemediera defendida con el poder que brinda confort y hedonismo evasivo en pequeños enclaves asediados por ejércitos de narco-secuestradores y policías multinivel. En lo que si acertaron los organizadores del concierto, es en invitarnos “a ser parte de esta ilusión”, que como bien dijo el chilango a mi espalda, fue “un ritual fresa”.

Gerardo Navarro, Nemónico

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2012, LA APUESTA DEL MILENIO

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