METRO CALAFIA, micronovela fronteriza de ciencia ficción


METRO CALAFIA

por Gerardo Navarro Nemómico

Jorgito nunca le había preguntado a su madre por qué los mayores hablaban del Metro Calafia como un parte aguas entre la Tijuana de antes y después. Para él, el metro era segunda naturaleza, siempre había estado ahí. Su madre le confesó que gracias al metro llegó al hospital casi a punto de parirlo. El día de su nacimiento en el año 2058, hubo una gran huelga de taxis y el boulevard estaba atascado por un incidente terrorista suscitado esa misma madrugada; un joven estrelló un troque remolque cargado de explosivos caseros contra la gasera de La Mesa, hubo grandes explosiones pero el daño mayor fue el derrumbe inesperado del piso en un radio de una manzana que provocó la muerte de mucha gente que aun dormía en los complejos habitacionales frenta a la gasera.

A principios del siglo XX, obras públicas del municipio de Tijuana había vaciado el concreto de las autopistas aledañas a la gasera sobre un suelo falso. Fue año de elecciones y no tomaron el tiempo necesario para realizar los estudios topográficos adecuados, siendo esta área de la ciudad parte del cauce arenoso del desaparecido Río Tijuana.

Generaciones después los intereses de la deuda de aquella inmensa obra urbana se seguía pagando, y cada aniversario del ataque a la gasera se seguían nombrando a los muertos en ceremonia cívica.

-Amá, y mi papá, ¿dónde estaba cuando nací?

-Estaba trabajando en San Diego, no pudo regresar porque la línea estaba cerrada.

-¿Por qué, amá?

-Es que unos señores habían intentado introducirse al otro lado, sin papeles…

-Amá, pero eso no es tan difícil, el papá de Margarita lo hizo.

-Si, pero estos señores iban manejando troques llenos de gente y se dejaron ir de frente.

-Y ¿qué les pasó?

-Pues… hubo muchos heridos y cerraron la frontera por varios días…

-¿Ya vamos a llegar?

-Creo que faltan seis estaciones.

Elena y Jorgito siguieron conversando mientras el metro Tecate/Tijuana se acercaba a la intersección Tijuana/Rosarito. Elena sobrevivía en aquel valle polvoso habiendo aprendido a sembrar en un jardín comunitario de verduras que protegía a pesar de que la inmobiliaria se obstinaba a encementar todo rasgo visible de tierra, supuestamente para acabar con las polvaredas generadas por los rebajes a los cerros del valle. El agua era escasa y Elena se las ingeniaba para recolectar, filtrar y reciclarla en casa. Armando su esposo trabajaba en San Diego donde se conocieron, era constructor de toda su vida, y su gran hazaña familiar había sido rescatar de una demolición placas solares que se trajo a Tijuana declarándolas “material desechable”, para luego montarlas sobre su casa Orbe 2000 atrás del Cerro Colorado, casi llegando a Rosarito. Desde entonces la familia Arréchiga se había desconectado parcialmente de la Comisión Federal de Electricidad, y gracias al sistema doméstico de reciclaje de agua, podían sobrevivir la suspensión de servicios por parte de la desarrolladora que les restringían visitas, recolección de basura y seguridad a quien no pagara sus cuotas, una situación intensificada por la crisis China del 2056.

El Metro Calafia cruzaba la ciudad de Tijuana este-oeste; entraba por el lado sur del Cerro Colorado, para entroncarse a la vieja vía del tren que venía de La Presa, a la altura del Panteón de los Olivos y la Vía Rápida Oriente, para después seguir paralelamente a la canalización del Río Tijuana hasta llegar a la línea fronteriza. En el crucero del Corredor Tijuana 2000 y la carretera Tijuana/Tecate, una línea del metro Calafia se desprendía hacia Rosarito y Ensenada. De Tecate a San Ysidro se hacían 20 minutos, y de Tijuana a Ensenada, 40 minutos.

-Amá, ¡Ya estamos llegando, que rápido!

-Antes la gente tardaba horas y el tráfico era insoportable.

-Mi maestro nos dijo, que la gente se volvía loca y que algunas veces en los semáforos se bajaban del carro y comenzaban a disparar contra todos, ¿por qué la gente se vuelve loca, amá?

-Era un tiempo muy pesado, hijo, yo estaba muy chica, y entonces había demasiada gente y muy poco trabajo en la ciudad. Se tenían que tomar taxis, camiones, y si lograbas comprarte un carro, mala suerte, el gobierno comenzó a cobrar mucho dinero por las placas, las tarjetas de circulación, y las licencias.

-Pero ¿por qué no construían un metro?

-Buena pregunta… Había muchos intereses de por medio, gente que no quería dejar de hacer dinero y prefería que la ciudad continuara insoportable, por eso nos fuimos a Canadá con tu abuelito.

-Má, no entiendo, dime ¿cómo es que siendo tan fácil de hacer algo bueno, no se hace?

-Mmmm, si… es difícil explicarte el por qué, pero la gente se vuelve así.

-¿Mala?

Elena guardó silencio, sabía que si respondía no sabría explicarle lo recóndito y torcido de la naturaleza humana a su hijo y si lo hacía, una cascada de preguntas vendría detrás. Cómo explicarle a Jorgito que las instituciones se habían convertido en negocios privados del gobernante en turno, y que la fallida guerra contra el narcotráfico tan sólo había logrado imponer un estado de sitio nacional que duró más de una década. Elena comenzó a recordar lo difícil que había sido para su madre, lidereza de una de las organizaciones de colonias que durante tres sexenios cabildearon con partidos de centro, izquierda y derecha, ante el riesgo de catástrofe urbana presentada por una ciudad que crecía una colonia al día desde hacía más de medio siglo. Finalmente, bajo presión de Estados Unidos se declaró a Tijuana “zona de peligro internacional” y con una fuerte inversión de NAFTA, el gobierno federal aprobó el mega-proyecto poli-municipal 2044: Metro Calafia.

-Amá, ya falta una estación.

-¿Cómo lo sabes? No vi los anuncios…

-Si pongo mi celular sobre la ventana, aparecen los nombres de las cosas en la pantalla del teléfono. Mira, ¿ves?

-Ah, eso se llama… “realidad aumentada”, ¿verdad?

-Si. Tú también lo puedes hacer con tus lentes. Mira, si pongo el teléfono en dirección que aquel cerro, dice: “Cerro Colorado. Nombre original: Ticuan. Significado: Tortuga. Hace 130 millones de años en la era mesozoica, el Cerro Colorado estaba bajo el Mar Bermejo…”, ¿Te puedes imaginar la ciudad bajo el mar, amá?

-Es un poquito difícil hijo, pero tu padre me contó que cuando él era de tu edad, su papá lo llevó a la cima del cerro, y al escarbar un poco el suelo se podían sacar pedacitos de conchitas marinas. Tu abuelito le dijo a tu padre que este valle era un desierto submarino…

-Quiero subir al cerro colorado, amá, quiero ver las conchas.

Elena y Jorgito llegaron a la central del metro ubicada a la altura del crucero de la 5 y 10, y la antigua Central Camionera. Las puertas se deslizaron con la precisión tecnológica japonesa hecha en China, comprada en Estados Unidos y armada en México. Ambos se habían puesto su crema solar anti-cáncer, sus obligatorios tapabocas antibacteriales y unas cuantas gotas ópticas contra la irritación de la lluvia. Dentro de la estación compraron un ramo de flores híbridas, genéticamente alteradas para resistir la inclemencia del alterado clima del desierto por unas horas. Floralux era el nombre de este producto bioflourescente y lo había en pétalos monocromáticas, multicolor, y tornasol. Bajaron los andamios con flores en las manos, cruzaron un túnel hasta salir a la superficie. Eran las diez de la mañana, nubes rojizas opacan el sol, comienza la lluvia ácida. Siguieron las direcciones hasta llegar a al jardín de piedra volcánica extraída del fondo del océano Pacífico y adornada con cactos de la región según la placa a la entrada.

-Hace tiempo que no vengo por aquí… Cómo ha cambiado desde la última vez…

-¿Hace cuanto tiempo?

-Cuando tú naciste… hace trece años.

-Pero, si hoy es mi cumpleaños, amá.

-Felicidades hijo, esperaba darte una sorpresa. Deja te tomo una foto con mis lentes, te ves muy guapo.

-¿Con tapabocas?

-Tu padre nos va a recoger en la frontera al mediodía para irnos a celebrar tu cumpleaños con tus primos de los Ángeles.

-Quédate quieto… Okey, le voy a mandar la foto a tu padre en este instante.

Se abrazaron, se vieron a los ojos y siguieron caminando en silencio. El único color en aquel paisaje de roca eran las titilantes Floralux. Se introdujeron en un inmenso espacio que parecía un cráter marciano rodeado de cactus, biznagas, y gigantes piedras calizas sobre arena blanca, parecía el Valle de los Cirios a escala urbana. El eco de sus pasos se perdió entre los poros de la roca volcánica y la gente congregada. Miradas cruzadas, perdidas en la oración, en los recuerdos y la tristeza, y otras en la curiosidad de aquellos rostros con tapabocas y brillantes flores en las manos en un lugar y día tan especial para los habitantes de Tijuana.

Elena depositó las flores en una cisterna de bronce ubicada bajo el gigante monolito de cuarzo bruto que llevaba inscrito los nombres de las víctimas de la explosión. Hacía trece años que el hermano mayor de Jorgito había muerto, él no conocía esa historia, ni sabía de su existencia, Elena lo mantuvo en secreto, su hijo mayor era el joven que en signo de protesta condujo aquel trágico troque que hizo explotar la gasera la madrugada en que Jorgito nació.

-¿A qué hemos venido, amá?

-Quiero dejar flores a un amigo que murió en el accidente…

Una voz femenina, fuerte y popular retumbó por el jardín: “Nos hemos reunido aquí para recordar, no sólo a nuestros muertos, sino para no olvidar que regresar al origen, no significa retroceder a lo que no funciona por olvido y negligencia…”

Así comenzó aquel ritual de memoria; consagraron una Floralux por cada una de las víctimas con la lectura de sus nombres en voz alta por todos. Aquel sacrificio no había sido infértil, las presiones políticas sacaron la gasera de la ciudad, y el sector de la Mesa por primera vez tuvo un parque central construido alrededor del cráter que dejó la explosión de 2058.

Media hora después del incio, el ritual concluyó, los congregados se dispersaron por los andenes del metro. La lluvia ácida se convirtió en un calor seco, y el viento fue quemando los pétalos de las ofrendas, lentamente, conforme Elena y Jorgito regresaban al andamio del metro Calafia con dirección Línea Fronteriza, eran las 11:15 de la mañana del 11 de septiembre de 2071.

[Octubre 2009]

Metro Calafia

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