EL ARTE DE ARREMETER


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El arte de arremeter y no quedar atrapado en los escombros de una discusión pareciera algo fácil y de poco talento, ya que la gran mayoría piensa que atacar las ideas, posturas y argumentos de un oponente de entrada “no se debe hacer”, puesto que se considera un “ataque personal”, -nada más equivocado-, puesto que las ideas y argumentos son la esencia de la discusión y estas tienen un emisor pensante. Lo que es inadmisible es el desacreditar al oponente señalando sus características, creencias impopulares, defectos, condición física y social de esa persona. En la falacia ad hominen (argumento que parece válido, pero no lo es, y que ataca “al hombre”) se evaden las ideas y argumentos del oponente a cambio de ofenderlo, burlándose y ridiculizándolo para “derrotarlo”. Esta poderosa técnica funciona “para convencer a quienes se mueven más por sentimientos y por costumbres acomodaticias que por razones lógicas.” Y es común que a la falacia ad hominem se le sume el “argumentum ad verecundiam” que “consiste en defender algo como verdadero porque, quien es citado en el argumento, tiene autoridad en la materia”, y aun peor es el presumir “la cantidad de libros leídos para demostrar autoridad”, puesto se va más allá de la falacia y se cae en el exhibicionismo despótico y soberbio (la irracionalidad de la razón). En lo personal, he “arremetido” contra las ideas, posturas, acciones, argumentaciones, publicaciones, proyectos de distintos individuos, y que considero “criticables” por razones intelectuales, filosóficas, políticas, históricas, y sociales, -más no exploto su origen, raza, educación, riqueza, pobreza, status social, pasado, moral, familiar-. Es una línea sutil y delicada que respetándola me ha permitido continuar “invicto” cuando ya todo pareciera estar mi contra. Recapitulando, el análisis crítico agudo, la argumentación, y la extrapolación conceptual, -aunque esté dirigido a un oponente específico-, no es un “ataque personal”. ¿Y cuáles son sus ventajas? -Si el argumento no se dirige a “nadie” como es típico del periodismo de opinión “timorato”, “medias tintas”, que se va por las ramas, los comentarios velados, y las verdades sobre entendidas, este pierde su fuerza crítica y no logra demostrar con claridad la falsedad, el error, o la ignorancia del oponente, ni mucho menos la veracidad del argumento de la crítica. Esta cordura retórica, abstenerse de los ataques ad hominem, no garantiza la “verdad absoluta” o la victoria en una discusión, pero al menos no se cae en la visceralidad, el auto desprestigio, y el ridículo por intentar “hacerse el vivo” o pasarse de “paladín justiciero” vociferando improperios, ofensas, y chismes, algo que funciona en los shows matutinos de televisión, pero entre escritores e intelectuales resulta tan patético como un auto gol.

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