ESCLAVITUD MENTAL vs DESCOLONIZAR LA MENTE


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En un país en el que los pobres votan o venden su voto libremente y en favor de su propio azote; en el que los más necesitados temen y satanizan el mínimo cambio político a su favor; en el que la cultura popular se compone de hábitos nefastos para la salud física, mental y social; en el que la autocrítica y la búsqueda alternativa de un “arte de vivir” más allá de las tradiciones y la publicidad es vista como un comportamiento “antisocial”; en el que la juventud despierta de su abandono virtual a última hora y se vuelve a “dormir” creyendo que es la “normalidad”; y en el que la gran mayoría sabe que un acto armado sería aplastado, antes que por el ejército, por la negatividad pública, el chisme, y el miedo popular. Bajo estas condiciones sin falsas esperanzas, autoengaños piadosos y sin confundir la inocencia con la estupidez, ¿quién en su lúcida mente diría que salir a marchar es suficiente, y que gritar consignas para automotivarse es el camino rumbo a la “rEvolución”? Creer en “política oficial, institucional, real”, es lo mismo que creer en religión, —un acto de fe mal ubicado—, porque la única esperanza que podemos aspirar es la que nace de nuestra propia acción, —y no cualquier acción—, sino la acción pensada crítica e informadamente en dirección de la descolonización de la mente, de la vida diaria, y de nuestro cuerpo y relaciones. La razón principal por la cual el pueblo avanza pacíficamente hacia la esclavitud laboral, es porque su mente ya fue esclavizada. No creer que la cultura está secuestrada por el complejo industrial del entretenimiento, es desconocer la naturaleza de las “cadenas” de la esclavitud mental. Quien ya inició un camino hacia una forma de vivir desconectada de los valores y ritos del sistema y la cultura, ha iniciado una auténtica revolución de la mente. La revolución de la mente no es una solución o una panacea social, es un camino que se puede emprender individualmente, es la simplificación voluntaria de nuestras adicciones al consumismo, es una forma de progreso sin necesidad de partidos, organizaciones, tecnología, y sin tener que esperar a que llegue la “revolución”; es una acción contracultural que busca transformar valores, hábitos y tradiciones para encontrar una mejor forma de vivir dentro de lo posible, accesible, saludable y sustentable; es un llamado a “no sentirse deprimido” porque se carece de dinero para salir y consumir, y comenzar a crear nuevas formas de cultura, relaciones, juego, entretenimiento y ocio creativo y productivo al margen de la sociedad de consumo, en las periferias del poder centralizado, en los subterráneos de la cultura dominante, en las terrazas de las viviendas y en los patios y parques de nuestra vida diaria.

 

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