SOBRE LA IMPOTENCIA DE LA ESPERANZA Y LA FE


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En muchas ocasiones he hablado críticamente sobre la esperanza y la fe, pero aclaro, esto no implica un ataque personal, ni mucho menos nace de una intención “negativa”. Sé que es difícil defender la concepción tradicional de la visión crítica, pero lo que he querido enfatizar es que estas facultades han sido sobrevaluadas al grado de volverse “panacea de todo mal” prescritas por todo tipo de agentes, y en el acto, paradójicamente, se han vuelto fuente de grandes desgracias que pocos quieren reconocer, puesto que el hacerlo inicia la negación crítica de los fundamentos de la civilización judeo-cristiana. Lo que quiero decir es que la esperanza implícitamente es “esperar”, en vez de entrar en acción y hacer la diferencia mediante la praxis. Y la fe, el creer sin evidencia, al no constatar y asegurarse de los hechos, posibilidades y probabilidades, implica la suspensión del juicio crítico, analítico, y por ende de las facultades racionales. En la práctica esto favorece el creer sin evidencia, el hacer al lado el empirismo y todo lo que tenga que ver con la experiencia directa de lo real, de la materia, de la constatación de los hechos y de la evidencia. De nada sirve hacer planes y proyectos que jamás se ponen en marcha o que se abandonan a la “esperanza”. Lo que he querido manifestar en mis reflexiones es que ambas, la esperanza y la fe, son grandes facultades humanas pero es importante reconocer sus límites y paradojas, puesto que vivimos en una civilización que favorece un solo aspecto de la fe y la esperanza; el ligero, tradicional, religioso, y esconde el lado “impotente”, el que implica la pasividad de la voluntad y el subdesarrollo del intelecto dejándo al ser humano a merced de la ignorancia y el abandono, por ello, el hecho de que el “esperar sin actuar” y el “creer sin evidencia” sean práctica común, hace sospechar que sin la esperanza y la fe sería imposible la permanencia del status quo, y e aquí una buena conjetura para reflexionar profundo antes de comenzar a lanzar apologías de “buena voluntad” y “mejores deseos” de fin de año, es decir, preferible quedarse callado y aplicarse a desarrollar un plan, un proyecto, o un método, que pregonar convenciones vacías sin ser capaz de movilizarse más allá, es decir, de los “buenos deseos”. Y a pesar de que en el fondo quisiéramos que el mundo fuera otro, continuamos con nuestra pasividad perpetuando la simulación de “el juego que todos jugamos”, —ese idealismo que sustenta que con solo creer y desear, las circunstancias de nuestras vidas van a cambiar, o que las ideas, los proyectos, y las transformaciones se van actualizar por acto de “la ley de atracción”—, esta es la última realidad de un engaño fatal que se extiende a nuestra vida inmediata y social: se tiene esperanza de que las cosas cambien porque se tiene fe, y si atentas contra esta creencia tan arraigada, te vuelves un “negativo”, un “antisocial”, no obstante, el cambio de mentalidad hacia la acción reflexiva, es el inicio de las tranformaciones a partir de nuestra vida.

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