EXISTENCIA POSHUMANA


posthumano

 

Otro día, otra ataque terrorista olvidado, otro escándalo nacional que pasa, otro gasolinazo, otra devaluación, otro plan de inicio, otra ansiedad por exceso de peso, otra cuesta de enero, otro vacío existencial, otro exceso, otro regreso a la rutina, otra espera de la “normalidad”, otra vez la paciencia a que regresen los actores del juego, otro amanecr, otra vez los minutos y las horas pasan y pasan como las ventanas de un metro en jauría… Algunos intelectuales dicen que las redes sociales son una “trampa”, pero no es exactamente así, es una adicción, y como toda adicción tienen algo que nos llena algo que nos falta, y en ese afán por el deleite y la autosatisfacción, la tecnología social nos va cambiando, porque no es ella la que se adapta a la forma humana, al contrario, somos nosotros los que nos moldeamos a las máquinas y a sus virtualidades, y en el acto vamos evolucionando en coexistencia. Esta nueva dirección evolutiva, el adaptarnos a nuestras herramientas, no es nada nuevo, la “humanidad” es un producto cultural-tecnológico, no obstante, nuestras herramientas nunca antes habían dominado nuestras vidas al grado de que esta civilización “posmoderna”, “global”, “posapocalíptica”, existe inmersa en una simulación 24/7-inside/out, y las consecuencia de ello apenas comienzan a perfilarse, no solo en el horizonte social, sino en nuestra psicología y biología, entre ellas podemos apuntar al subdesarrollo de la subjetividad de las nuevas generaciones; su falta de habilidades sociales es solo la punta del iceberg, pocos comprenden lo que esto significa, pero todos lo intuimos, si, es esa vacuidad, esa falta de interioridad, esa ausencia de vida autorreflexiva, ese zapping e incoherencia intelectual, esa obesidad y estupidez en una existencia vomitada al tráfico mediático, esa paradoja emergente al exceso de información que nos revela la impotencia del incidir en el mundo real, si, muchos datos, mucho saber, todos actualizados a la ultra modernidad del instante, pero con muy poca incidencia y consecuencia en la historia. Nuestra máquinas facilitan, acortan, potencializan, pero apenas comenzamos a identificar la debacle que implica el ser organismos cibernéticos, enchufados a la red sistémica que interactúa entra lo biológico y lo tecnológico, esa nueva existencia que nos ha tocado vivir, y cuyos malestares apenas identificamos, porque nuestros cerebros ávidos a las actualizaciones, las descargas, y los shocks, han dejado de poner atención, ya somos “hiperactivos” y el “déficit de atención” es la resaca de nuestra adicción tecnológica. El paso cada vez más acelerado de los eventos sociales y globales de forma tan irreflexiva e inconsecuente, es la demostración de que nuestra humanidad ha dejado de ser “humanista”, y nos adentramos en la era poshumana, —la mutación psicosocial—. La aceleración del tiempo psicológico es eso que nos hace sentir que apenas nos alcanzan 24 horas para vivir, y es producto de toda esta algarabía virtual haciendo eco en nuestro cerebro y en el locus social; la ciudad transformada en una instalación multimedia de control mental y comercio, nuestro cuerpo en un laboratorio de experimentación “Biotech”, la vida vuelta un performance acartonado de muchos individualismos clonados en el mimetismo, y cada vez menos individualidad producto de la autenticidad que nace del autoconocimiento. En el plano político, si creemos que la sociedad “no cambia” porque es “ignorante”, “cobarde”, “pobre”, “egoísta”, “floja”, tal vez es hora de considerar otras causas, algo más complejo y profundo, algo que no podemos ver porque está tejido en el grano de la percepción de nuestros sentidos, en la sinapsis de nuestras redes neurales, “algo” que nos manipula desde la irracionalidad de nuestros instintos, la nanoprogramación del neuromarketing, la colonización “silenciosa” del campo “oscuro” que los viejos psicoanalistas identificaron como el “subconsciente”, y que ya ha llegado aun más profundo, —al “inconsciente”—, a la programación biológica, a todo eso que es opaco a la consciencia del Yo en su estado de vigilia abocada al mundo de la superficialidad tecnológica, pero que representa la “puerta trasera” por donde podemos ser conducidos de manera invisible. Tal vez esta sea la tragedia de nuestro tiempo y como todo héroe trágico, no podemos distinguir la crisis hasta que ya es tarde, porque la confundimos con el ideal, —la ideología tecnológica—, la creencia de que la vida debe ser en simbiosis con las máquinas, que ni siquiera sabemos quién construye y para qué.

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