MANUEL VALENZUELA, “El sistema es antinosotros” y “Juvenicidio”


 

La noche del martes 16 de febrero, asistí a la cervecería Mamut, a la presentación de dos libros de Manuel Valenzuela, investigador del Colegio de la Frontera Norte, cuyos títulos son: “El sistema es antinosotros” y “Juvenicidio”. Los que ya conocen el trabajo de Valenzuela, saben que se caracteriza por una minuciosa investigación sociológica, un extenso análisis y voraz recopilación de datos. Valenzuela está dotado de un prodigiosa memoria que le permite recitar y fusionar nombres, estadísticas, anécdotas, además de dar saltos geográficos, culturales, temporales, y temáticos. Los libros, obviamente no los he leído, pero asistí porque este investigador fronterizo acostumbra ofrecer una síntesis generosa, además de que su estrategia persiste de obras anteriores; el crear cartografías conceptuales que permiten al espectador/lector resumir la fragmentación de la historia contemporánea desde la perspectiva de la resistencia popular, feminista, juvenil, cultural, laboral, política. Si los asistentes fueron a escuchar una “síntesis sociológica”, no fueron defraudados, si como otros que compartieron sus dudas y preguntas, esperaban escuchar “la revelación del secreto para derrotar el sistema”, malinterpretaron la labor del sociólogo, es decir, Valenzuela no es un visionario, ni un líder, ni un ideólogo, o filósofo, su trabajo se limita a recopilar y sintetizar los bastos cúmulos de hechos históricos que van dejando los movimientos sociales del momento, trabajo que hace que sus obras y conferencias sean “miradores” que permiten que el espectador/lector tome una “perspectiva de dron” por encima de la “niebla” de trivialidad noticiosa de los medios. La obra de Valenzuela suele darse en “reversa”, es decir, por más contemporánea que nos parezca, está escrita viendo hacia el pasado, podrá pensar el lector ¿qué investigación no es así? Pero, a lo que me refiero específicamente es que hasta ahora no ha investigado “más allá” de la resistencia y la trinchera de la historia; no ha echado vista a los movimientos, manifestaciones, individuos que verdaderamente ofrecen alter(a)tivas, hablo de formas de organización social y praxis cultural que no estén preocupados por “resistir”, “cambiar”, —sino por CREAR con la imaginación política—, por ejemplo los pueblos que eligen gobiernos sin partidos, que no practican la democracia parlamentaria, o que inventan su propia moneda (Tunin); hablo del análisis de formas de auto gobierno en los que la rotación de funciones es esencial (democracia directa), hablo de la invención de tecnología que permite “desconectarse” de la cuadrícula urbana y de los servicios públicos, y que llevan a la autosuficiencia en relación al Estado; hablo de inventos para sobrevivir sin necesidad de trabajar de forma alienada y a la par del SAT, y de formas educativas paralelas a la SEP, que permiten el cambio de hábitos y comportamientos que llevan a la simplificación voluntaria para reducir la huella ecológica y la codependencia institucional (lo autosustentable). En este sentido, el trabajo de Valenzuela sigue dentro los paradigmas marxistas, es decir, se insiste en una resistencia tradicional (manifestaciones, foros, guerrilla comunicacional), en seguir imprimiendo en el fondo del subconsciente colectivo que “el sistema tiene arreglo”, que el Estado es “un mal necesario”, y a pesar de que la contracultura es su tema mascota, no nos ofrece vertientes intelectuales más allá de la mancha urbana y la civilización industrial. Su máxima es ofrecer esperanza en forma de la “utopía” tradicional, —en seguir soñando con el arco iris que en algún futuro aparecerá en el horizonte social—, en este sentido, en mi opinión, el paradigma que maneja Valenzuela sigue siendo cristiano (esperanza y fe) y se ha agotado, no solo, porque la interpretación utópica carece de la dimensión psicológica que nos permite explorar el por qué las utopías realizadas en el pasado han terminan mal, sino porque, tampoco ofrece una nueva interpretación de lo utópico, y como lo ha dicho Slavoj Zsizec, —el problema no es soñar, sino la forma en que soñamos y lo que soñamos—, en este particular, Valenzuela no ofrece crítica al paradigma académico, ni a los marxismos posmodernos, es decir, a pesar de su utopismo sigue siendo “realista”, “materialista”, e “institucional”; crea con su discurso campos semánticos que en vez de abrir vertientes hacia nuevos paradigmas, encierra las “líneas de fuga” (Deleuze) en una cartografía de lo conocido, —un “espejo”, él mismo lo define así—, no para que lleguemos a nuevos territorios, sino para que “no olvidemos el pasado reciente, a nosotros mismos” (todo reflejo es una ilusión), y paradójicamente, sin menospreciar el valor del trabajo de Valenzuela, no solo da voz a “los condenados de la tierra” (Fanon), sino que ofrece un dossier de inteligencia que paradójicamente sirve a las instituciones para comprender mejor a la disidencia, en este sentido, el sociólogo cumple su función en la ingeniería social a la que pertenece, —la sociología es un instrumento para estudiar e integrar la disidencia a la hegemonía del aparato institucional—. Pero, nuestros tiempos ya están más allá del “espejo”, nos encontramos ante paradigmas emergentes que transforman la noción del tiempo y el espacio, al presentarnos modelos de tiempos paralelos, reversibles, pluriversos, etc., y para mi estas son las verdaderas “utopías”, porque aparecen como “lo imposible e inesperado” y no dependen de nuestros sueños, al contrario, retan radicalmente nuestras limitaciones cognitivas, y lo posible de la naturaleza, el cosmos, y el ser humano. Su emergencia pareciera susurrarnos al oído: “Despierta y desconócete a ti mismo, no se trata de ver o cruzar el espejo, ¡sino de romperlo!”

 

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